Mañana lloraré, un clásico con el que revivir la biografía de Lillian Roth

Mañana lloraré, un clásico con el que revivir la biografía de Lillian Roth

Susan Hayward llevó a término uno de sus grandes personajes en 1955 cuando interpretó la biografía de la estrella de cine alcohólica Lillian Roth. Su vida profesional vivió momentos de gloria en los años de transición del mudo al sonoro. Su vida personal fue un infierno al que la abocó su propia madre; un ser espeluznante y controlador al que da alas con su inimitable estilo, la enorme Jo Van Fleet. Ella es una de las causas por las que su hija cada noche ante su enésima copa piensa “Mañana lloraré”

A mediados de los 50 la carrera del cineasta Daniel Mann no había hecho más que empezar y hasta el momento todo iba sobre ruedas. Tipo espabilado, contaba en imágenes con garra y tenía buen oído para los diálogos. Ayudado en la de hoy por la estupenda fotografía en blanco y negro de un Arthur Arling al que se reconoció su laborioso trabajo con un Óscar, de los cuatro que podría haber logrado el filme, junto con el vestuario de Helen rose, los decorados y la actriz protagonista.

“Mañana lloraré” es el biopic de la actriz-bailarina Lilian Roth, estrella de los escenarios neoyorquinos quién, por vaivenes de la vida personal y profesional y por una serie de malas decisiones de todo tipo acabará sumida en el agujero negro de la bebida. Una eléctrica Susan Hayward le pone rostro a la dama, con la que tuvo la oportunidad de preparar el papel en diversas reuniones y encantada de que la dejaran interpretarla, cuando canta, con su propia voz.

La Hayward, una de las actrices más temperamentales, indómitas y ambiciosas de aquel Hollywood, había conseguido el Oscar, por encarnar a una condenada a muerte en la recordada “Quiero vivir”, cumplidos los 40. Había sido tal su empeño en lograrlo, que el productor Walter Wanger, hacedor de algunos de sus filmes, pronunció en voz queda, en la entrega de los premios de la Academia de 1956, cuando lo ganó, la siguiente frase: “¡Cielo santo! ¡Lo ha conseguido! ¡Por fin podremos dormir tranquilos!” Aunque comenzó su andadura profesional a finales de los años 30 y principios de los 40, el apogeo de la actriz se produjo una década después, llegando a alcanzar ese lugar soñado y vedado para la mayoría de las estrellas femeninas, entre las diez figuras más taquilleras de Hollywood. Triunfó en los grandes dramas bíblicos en los que su cabellera pelirroja era la alegría de los amantes del tecnicolor y en westerns de alcance en los que los personajes que interpretaba estaban a la altura de los de sus compañeros masculinos, si no más arriba todavía. Su paso por la comedia no fue especialmente notable, pero hizo del drama su territorio con títulos inolvidables como “Las nieves del Kilimanjaro” sobre la novela de Hemingway, “Con una canción en mi corazón” o “Mañana lloraré”, biografía de la cantante adicta Lillian Roth. Entre las muchas películas que realizó en aquella época se encuentra “El conquistador de Mongolia” que posiblemente sería la causa de su prematura muerte a los 57 años ya que se filmó en el desierto de Utah donde se habían realizado pruebas nucleares descontroladas. Durante la década siguiente más de noventa personas de cuántas participaron en aquel rodaje desarrollaron cáncer, incluidos los dos protagonistas, falleciendo poco después.

Escena de Mañana lloraré
Una de las escenas de Mañana lloraré

Para los papeles de los hombres de su vida, aunque a algunos no los recuerde con exactitud, se contó con secundarios casi estrellas del fuste de Richard Conte que hizo mucho y muy buen cine, sobre todo negro como el mejor café. De padres italoamericanos a punto estuvo de ser Don Vito Corleone, pero un Brando en estado de gracia se hizo con el papel y se tuvo que conformar con capitanear a las Cinco Familias contra éste en una abierta lucha de poder entre mafiosos, de cruentos resultados. Junto a ellos el aparentemente convencional Don Taylor, aunque tenía más trastienda de lo que parecía y Eddie Albert, siempre con una sonrisa en los labios, siempre con cara de fiesta, pero con los demonios dentro.

Jo Van Fleet, como siempre, le roba las escenas a quien se le ponga por delante. Lo hizo con Dean en “Al este del Edén” y se ganó un Oscar por ello y eso que fue su primera película, con Montgomery Clift en “Rio Salvaje” y con Newman en “Casta indomable”. Ceñuda señora especializada en papeles antipáticos, en realidad era un encanto de persona, al parecer. Todos contribuyeron a que el filme fuera uno de los más taquilleros del año, llegando a recaudar más de 8 millones de dólares de beneficios de los de entonces.

Daniel Mann sin ser uno de los grandes nombres de aquel Hollywood, tenía una extraña facultad: la de conseguir que muchas de sus protagonistas se llevaran el Oscar o se quedaran en puertas. Lo logro Shirley Booth, con “Vuelve, pequeña Sheba”, Liz Taylor con “Una mujer marcada” y Anna Magnani por “La rosa tatuada”. Como George Cukor, tenía, al parecer, un don especial para perfilar personajes femeninos y darles un plus de intensidad e interés.

Y en ambos asuntos Susan Hayward es perfecta para llevar las cosas un paso más allá.