Mi cámara y yo: Si estos muros hablasen

Mi cámara y yo: Si estos muros hablasen

Fueron palacios, fábricas, bancos, comercios o iglesias… Tuvieron una vida y cumplieron una función. Pasado el tiempo, el destino les dio una segunda oportunidad. Son edificios renacidos y cargados de historia. Pasado y presente se dan la mano en este programa de “Mi cámara y yo”, que abre bien los oídos para escuchar lo que contarían “Si estos muros hablaran”.

Primero fue banco, después compañía dental y, desde 1950, es sede de la Sociedad General de Autores. El Palacio de Longoria, sin duda la joya modernista de la arquitectura madrileña, se edificó entre 1902 y 1904 con el fin de albergar la residencia familiar y la sede bancaria de Javier González Longoria, que no escatimó recursos en su construcción. Así lo atestiguan su magnífica escalera y su grandiosa cúpula, que han llegado inalterables hasta nuestros días.

También fue banco y de los importantes, la actual sede del Instituto Cervantes en la calle Alcalá. La que fuera cámara acorazada del Banco Español del Río de la Plata y del Banco Central, guarda ahora en sus cajas de seguridad los legados de los Premios Cervantes. Si antes se atesoraban fortunas, MCY ha comprobado que actualmente se preservan otros tesoros de valor incalculable.

La segunda oportunidad de la Antigua Fábrica de Harinas de Torremocha del Jarama llegó en forma de finca para bodas. Y más sorprendente todavía es la segunda vida de la que fue la ferretería más antigua de Madrid o la de la desaparecida Capilla de la Bolsa. La hostelería ha reformado estos espacios singulares, manteniendo la esencia de su origen. Donde antes se vendían tornillos, se despachan ahora exquisitas raciones de jamón y donde se celebraban ceremonias religiosas se ha instalado un templo de la modernidad, “El Hortera”.

Lo que no pudo imaginar el Canal de Isabel II en 1911 es que el primer depósito elevado que se construyó en esa fecha en la calle Santa Engracia, acabaría convertido en 1986 en una sala de exposiciones. Lo mismo sucedió en 2004 con el depósito de Plaza de Castilla, donde el agua y la cultura conviven. Eso sí, separados por un muro de 6 metros de grosor.

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