Los madrileños que se juran amor ante las aguas de El Atazar
- Siempre ofrece un paisaje hermoso pero, ahora, tras la subida de agua provocada por las borrascas, es espectacular

Pequeños, grandes, muy grandes. Algunos enormes, otros casi diminutos. Dorados, plateados, negros, blancos, pintados de colores. Amarillos, rosas, azules. Fucsias.
Algunos muestran, orgullosos, nombres pintados en grandes caracteres (Miguel y Laura; Irene y Sara; Lili y J.L). En otros, los nombres se han grabado a conciencia y con toda la fuerza de un amor que espera serlo para siempre (Juancar y Patri ). Y otros expresan un amor más tímido con escuetas iniciales (M y D; H y H; E y J). En todos los casos hay fechas. Muchas fechas grabadas. Y, sobre todo, muchos corazones.
A juzgar por la cantidad de 'candados del amor' que tiene sujetos a sus rejas, el mirador sobre la presa de El Atazar conoce muchos secretos.
Los candados se extienden por toda la reja que separa el mirador del abismo de agua y roca. Justo debajo de la estructura que sobresale en voladizo, la inmensa mole de la prensa aprisiona casi 400 hm3 de agua.
Es un lugar privilegiado desde el que contemplar una de las más bellas estampas de Madrid, sobre todo ahora que las borrascas Jana, Konrad, Laurence y Martinho han llevado al embalse a casi el 90% de su capacidad y obligado a soltar agua sobre el Lozoya a un ritmo de más de 100 l/m3 por segundo.
En Madrid, a estas alturas existen muchas rejas con ‘candados del amor’, pero pocas en un paisaje tan espectacular como el que ofrece este mirador que se encuentra en la carretera M-134 justo encima de la presa.
Pertenece a la Red de Miradores de la Mancomunidad del Embalse del Atazar, distribuida estratégicamente por los alrededores del embalse en puntos con hermosas vistas. En cada uno de ellos, diferentes paneles interpretativos nos descubren la esencia del paisaje.
Ya hace tiempo que los candados del amor aparecen en todos los rincones del mundo, sobre todo en puentes. Para satisfacción y contento de las ferreterías hace mucho que enamorados de todo el mundo hicieron suya la costumbre de gritarle al mundo su amor eterno (por lo menos su intención de que así sea) mediante el procedimiento de enganchar un candado con sus nombres en cualquier puente, a ser posible histórico y con buenas vistas.
Lo curioso es que esta declaración de amor para siempre se originó, precisamente, en un corazón roto y un amor traicionado. Su origen se encuentra en un cuento serbio que narra la historia de dos enamorados: la maestra de escuela Nada y el oficial Relja.
El amor de Nada y Relja fue intenso y eterno, o eso pensaban mientras disfrutaban de su mutua compañía en el puente del pueblo balneario Vrnjačka Banja. Tan intenso parecía el sentimiento compartido que, antes de que él marchara al frente (eran los tiempos de la Primera Guerra Mundial) se comprometieron para, a su vuelta, unir sus vidas para siempre y casarse.
Quizá el amor sea eterno e inmutable, pero la naturaleza de los humanos es voluble y mutable. Como decía Jardiel Poncela, “El amor es como una caja de cerillas, tarde o temprano se acaba”.
Nuestro soldado enamorado tardó en olvidar a su maestra lo que tardó en llegar a Grecia con su batallón y conocer a otra. Se quedó con esta y rompió su compromiso con Nada. Y el corazón de su ex-amada. La maestra nunca se recuperó del golpe y al poco tiempo murió.
En vistas de la experiencia, las mujeres del pueblo llegaron, no se sabe muy bien cómo, a la conclusión de que la mejor manera de que a ellas no les abandonaran ni el amor ni sus novios, era ‘encadenarlos’ a la reja del puente donde la maestra y el soldado se juraron amor eterno, aunque fuese de manera simbólica mediante un candado con sus nombres escritos.
La costumbre se extendió pero lo que realmente contribuyó a que llegara a todos los rincones fue la novela ‘Tengo ganas de ti’ (2006), secuela de ‘Tres metros sobre el cielo’ (1992), de Federico Moccia. Tanto éxito tuvieron las dos novelas que, además de ser llevadas al cine, inspiraron a todas las jóvenes parejas de Roma a dejar candados con su nombre en el Puente Milvio de Roma.
A estas alturas del siglo XXI, por todos lugares del mundo encontramos ya una buena colección de candados de todo tipo y color con el nombre de parejas que se han jurado amor eterno y quieren dejar constancia de ello (o por lo menos les ha hecho gracia la idea).
En todos los lugares, menos en el Puente Melvio. Porque, en el lugar donde todo comenzó llegó a haber tal acumulación de candados que las autoridades los retiraron para evitar que dañaran el puente y no se permite colocar más.
Ahora los enamorados de la zona tienen que confiar únicamente en que sus palabras de amor no se las lleve el viento. O buscar otro puente (En El Atazar aún sobra sitio).